A ti manué y la luz de Viernes Santo, por José Ángel García Gómez
Si hay un día con una Luz especial es Viernes Santo, ese día que el ciezano está esperando todo un año que llegue y todo un día esperando que no se acabe. Y de todas las procesiones generales, si hay una con una personalidad más acentuada que la demás esa es la del Penitente, quizás y sobre todo por esa luz del Viernes Santo.
Casualidades o no, la Procesión del Penitente discurre en Cieza mientras está terminando “La Madrugá” sevillana, y ese pasar de “los santos” por calles más abiertas en la carrera ciezana, coincide con el sevillano de recogida a esas mismas horas en sus templos, y con todos estos paralelismos, cómo no iba a parecerse la música de dos momentos tan hermanos.
Por eso mi marcha y mi recorrido en la carrera, son “A ti Manué” al final de la calle Buen Suceso, y sonando a la misma hora que suena por las calles del sevillano Barrio de San Román cuando la Hermandad de Los Gitanos agota sus últimas horas de “La Madrugá” por las calles de su barrio, siendo ya el mediodía del Viernes Santo, siendo ya “la hora”.
Originariamente en 1990, Juan José Puntas dedicada la marcha a su padre, devoto de esta Hermandad y de su “Señor de la Salud”, pero al final y tras el éxito conseguido por la misma y la petición de un íntimo amigo decide hacerla extensible a la Cofradía, pues como el bien dice, no hay mejor Homenaje a D. Manuel Puntas, que comparta estos sones con sus hermanos de los Gitanos.
La marcha muy melódica de principio a fin, cuenta con un especial pasaje que la hace más singular y es su extraordinario y largo sólo de trompeta que la hace emocionante, rompiendo después no de forma brusca y espectacular, sino que recuperando el tema central de la melodía, para después sí romper en un final más acentuado. Por su estructura acepta que se incluyera letra y eso ayuda a entender mejor el contexto, el momento e incluso los sitios para los que la marcha se compuso, con todos esos alicientes ya está considerada como el Himno oficioso de la Hermandad de los Gitanos.
De San Román viene Jesús al clarear la mañana sosteniendo su cruz.
Entre oro, lirios y rojo clavel dios rezo entre fragua y fe.
Nazareno de la salud eres día, mi guía, mi rumbo y mi luz.
Entre llantos de amanecer tu hija que va llorando por ti Manuel.
Lo que no saben en Sevilla es que a esas horas que se recoge su Hermandad, a más de 600 kilómetros de distancia, una Cofradía ciezana, la del Cristo de la Agonía ha elegido esos mismos Sones para que su Paso Jesús en el Calvario agote sus últimos momentos en el adoquín ciezano, porque se acerca “la Hora”, porque se desvanece ya la Luz, esa Luz de Viernes Santo.
José Ángel García Gómez
Este blog surge de la idea de relacionar ciertas marchas procesionales con determinadas calles o momentos de la semana santa de Cieza. Y la descripción de esa relación y sus emociones
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domingo, 30 de marzo de 2014
viernes, 21 de marzo de 2014
Getsemaní (Ricardo Dorado) - Calle Cánovas del Castillo
Getsemaní- Calle Cánovas del Castillo por Almudena Gómez Hortelano
Son muchas las marchas y los momentos que 'nos tocan la fibra'. Después de tantos años, una se da cuenta de que la música se ha convertido en su vida. Algunos tenemos la suerte de vivir cada nota, cada acorde, y sentir cómo recorre nuestro interior, desde el dedo gordo del pie hasta el último pelo de la cabeza, como si cada segundo fuese un minuto, como si el tiempo se detuviese, o se ralentizase, para que el sentimiento sea mayor. Esta vivencia de la que hablo me pasa a mí, personalmente, con cualquier música de calidad que llegue a mis oídos, pero claro está que si hay que destacar algún aspecto de las marchas fúnebres y/o de procesión, ese será, bajo mi punto de vista, el enorme sentimiento que despiertan.
No sé si podría hablar de una marcha favorita, pero siempre hay alguna que ocupa un lugar privilegiado en el ranking personal de cada uno. A veces puede tener una explicación lógica, como la relación con algún ser querido o algún lugar clave, como en el caso de la entrada anterior de Paquita y Toñi de Santo Traslado en la calle Diego Tortosa. En mi caso, la marcha sobre la que voy a escribir ('Getsemaní', de Ricardo Dorado) y la calle con la que la relaciono (calle Cánovas del Castillo), no guardan nada de especial, pero fue un momento de esos en los que la sensibilidad aflora más de la cuenta, y el sentimiento vivido al escuchar una pieza así es más fuerte de lo normal.
Fue una mañana de Viernes Santo, cuando todavía tocábamos detrás de algún trono que salía de la cochera de los santos. El ambiente que se respiraba en la calle de la cochera mientras esperábamos para salir era agradable; músicos de distintas bandas, las calles llenas de instrumentos, los unos viendo desfilar a los otros, con sana admiración. Pues bien, esa mañana, cuando acabábamos de salir, dirección a la confitería de 'La cañeta', justo a la altura del cruce con la calle Santo Cristo, estuvimos parados un buen rato, y Paco, nuestro director, decidió que interpretásemos una marcha que estábamos mucho tiempo sin sacar de las carpetas, de hecho yo ya llevaba bastantes años en la banda y nunca la había escuchado. Esa marcha era 'Getsemaní'. En los casi 9 minutos que dura, no nos movimos del sitio. Los anderos nos escuchaban apoyados en las varas y un 'chorro' de músicos de otras agrupaciones iban llegando a la iglesia y a la cochera para esperar a que saliera el trono al que tenían que acompañar. Yo, al estar parados y en un sitio en el que todavía no hay mucha formalidad en el desfile, por decirlo de alguna manera, puesto que se acaba de iniciar el recorrido, me permitía el lujo de girarme para así poder ver a todos mis compañeros formados tocando aquella 'cosa' maravillosa, lo cual me removía todavía más. Fue ese momento, el conjunto de lo visual y lo auditivo, esa situación, una de las que más se quedó grabada en mi interior, hasta el punto de que cada vez que escucho esta marcha, que son muchas, parece que siento en mi cara el aire agradable de primavera que corría esa mañana de Viernes Santo, en esa esquina, con esos músicos yendo y viniendo, esos anderos mirando... En ese momento descubrí una marcha que se convirtió en una de las que más sentimiento despiertan en mí, una marcha que comparto en admiración con mi gran amigo Pablo Penalva, y sobre la que siempre hablamos cuando se acerca este momento del año.
No soy una persona practicante, tampoco creyente, no tengo la suerte de tener esa fe a la que algunos se agarran en los momentos más difíciles, pero lo que sí tengo claro es que, independientemente del sentido religioso, adoro la Semana Santa. Las calles cobran vida, cada esquina suena, y dos de las grandes artes, música y escultura, se unen para convertir el lugar en un museo vivo con banda sonora completa que hacen de esa semana una semana mágica.
Almudena Gómez Hortelano
Son muchas las marchas y los momentos que 'nos tocan la fibra'. Después de tantos años, una se da cuenta de que la música se ha convertido en su vida. Algunos tenemos la suerte de vivir cada nota, cada acorde, y sentir cómo recorre nuestro interior, desde el dedo gordo del pie hasta el último pelo de la cabeza, como si cada segundo fuese un minuto, como si el tiempo se detuviese, o se ralentizase, para que el sentimiento sea mayor. Esta vivencia de la que hablo me pasa a mí, personalmente, con cualquier música de calidad que llegue a mis oídos, pero claro está que si hay que destacar algún aspecto de las marchas fúnebres y/o de procesión, ese será, bajo mi punto de vista, el enorme sentimiento que despiertan.
No sé si podría hablar de una marcha favorita, pero siempre hay alguna que ocupa un lugar privilegiado en el ranking personal de cada uno. A veces puede tener una explicación lógica, como la relación con algún ser querido o algún lugar clave, como en el caso de la entrada anterior de Paquita y Toñi de Santo Traslado en la calle Diego Tortosa. En mi caso, la marcha sobre la que voy a escribir ('Getsemaní', de Ricardo Dorado) y la calle con la que la relaciono (calle Cánovas del Castillo), no guardan nada de especial, pero fue un momento de esos en los que la sensibilidad aflora más de la cuenta, y el sentimiento vivido al escuchar una pieza así es más fuerte de lo normal.
Fue una mañana de Viernes Santo, cuando todavía tocábamos detrás de algún trono que salía de la cochera de los santos. El ambiente que se respiraba en la calle de la cochera mientras esperábamos para salir era agradable; músicos de distintas bandas, las calles llenas de instrumentos, los unos viendo desfilar a los otros, con sana admiración. Pues bien, esa mañana, cuando acabábamos de salir, dirección a la confitería de 'La cañeta', justo a la altura del cruce con la calle Santo Cristo, estuvimos parados un buen rato, y Paco, nuestro director, decidió que interpretásemos una marcha que estábamos mucho tiempo sin sacar de las carpetas, de hecho yo ya llevaba bastantes años en la banda y nunca la había escuchado. Esa marcha era 'Getsemaní'. En los casi 9 minutos que dura, no nos movimos del sitio. Los anderos nos escuchaban apoyados en las varas y un 'chorro' de músicos de otras agrupaciones iban llegando a la iglesia y a la cochera para esperar a que saliera el trono al que tenían que acompañar. Yo, al estar parados y en un sitio en el que todavía no hay mucha formalidad en el desfile, por decirlo de alguna manera, puesto que se acaba de iniciar el recorrido, me permitía el lujo de girarme para así poder ver a todos mis compañeros formados tocando aquella 'cosa' maravillosa, lo cual me removía todavía más. Fue ese momento, el conjunto de lo visual y lo auditivo, esa situación, una de las que más se quedó grabada en mi interior, hasta el punto de que cada vez que escucho esta marcha, que son muchas, parece que siento en mi cara el aire agradable de primavera que corría esa mañana de Viernes Santo, en esa esquina, con esos músicos yendo y viniendo, esos anderos mirando... En ese momento descubrí una marcha que se convirtió en una de las que más sentimiento despiertan en mí, una marcha que comparto en admiración con mi gran amigo Pablo Penalva, y sobre la que siempre hablamos cuando se acerca este momento del año.
No soy una persona practicante, tampoco creyente, no tengo la suerte de tener esa fe a la que algunos se agarran en los momentos más difíciles, pero lo que sí tengo claro es que, independientemente del sentido religioso, adoro la Semana Santa. Las calles cobran vida, cada esquina suena, y dos de las grandes artes, música y escultura, se unen para convertir el lugar en un museo vivo con banda sonora completa que hacen de esa semana una semana mágica.
Almudena Gómez Hortelano
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