Al señor de Sevilla (Abel Moreno) - Plaza Mayor. Por Justo Ruiz López
Que mejor forma de comenzar esta pequeña narración que sincerándome sobre mi primer pensamiento a cerca de esta marcha y esta procesión de lunes santo.
Hablare en lo sucesivo sobre la marcha y la procesión como un conjunto inseparable.
Pues eso, siendo franco no me parecía adecuado incluir en nuestra Semana Santa tronos e imágenes tan propias de la Semana Santa andaluza, exceptuando algunos matices ya arraigados en nuestras procesiones, como el palio de la virgen de gracia y esperanza y algún que otro detalle que se me escapa nombrar en este momento
Aún con todo esto mi corazón semanasantero me hacia ver esta procesión esquina tras esquina, hasta llegar a la plaza del ayuntamiento para ver regresar al Cristo de la sangre a su deslumbrante capilla.....
Hasta que pasados tres años le pedí a mi tío Pascual Pérez Sánchez "El Lagarto", al cual le quiero dar las gracias por adelantado, el gran favor de prestarme su túnica de María Magdalena para poder vivir, in situ, la experiencia de lo que tan en contra estaba en un principio, tenía curiosidad por saber lo que se sentía en una procesión tan única y reciente en nuestra Semana Santa y de la que no era del todo partidario.
Tuve qué tragarme mis palabras y mis pensamientos cuando me enfunde la túnica azul y el gorro rojo sangre de la hermandad, y me dispuse junto con los demás anderos a sacar al Santísimo Cristo de la sangre por la puerta principal de la basílica de la Asunción, para procesionar por las calles de Cieza, pero esto no era todo, lo mejor estaba por llegar.....
Y llego simple y llanamente con el último toque de caja previo a la primera nota de una marcha colosal, y tan idónea para la ocasión como la que en este pequeño artículo me refiero ( Al Señor de Sevilla.
No era dueño de mis sentidos, no podía expresar con palabras lo que sentía en ese momento tan mágico en el que se fusionaba; la noche de lunes santo, la imagen del santísimo Cristo de la sangre rodeado por rosas rojas y amparado por la mirada triste de su ángel, y la gran melodía del maestro Abel Moreno Gómez inundando la plaza del ayuntamiento de pasión y solemnidad......
Aquello de lo que tan reacio era en sus inicios, duro cinco penitentes y maravillosos años, pero durara eternamente en el pequeño rincón semanasantero de mi corazón.
Para despedirme, ánimo a todos los lectores que intenten vivir lo que he descrito con anterioridad, y sobre todo que no dejemos de cuidar año tras año algo que nos hace únicos a los ciezanos.....
Nuestra Semana Santa
Justo Ruiz López
Este blog surge de la idea de relacionar ciertas marchas procesionales con determinadas calles o momentos de la semana santa de Cieza. Y la descripción de esa relación y sus emociones
lunes, 14 de abril de 2014
viernes, 11 de abril de 2014
Virgen de la Piedad (José Antonio Molero Luque) - Calle del Cid
Virgen de la Piedad (José Antonio Molero Luque) – Calle del Cid. Por Enrique Centeno
Una tarde cualquiera, quizá de esas que se aburren en el inmenso calor del verano huertano. No sabe ya uno cómo escapar de la molicie, divagando entre mil tareas pendientes y la distracción de cualquier ráfaga de pensamiento. Y de pronto nos descubrimos a nosotros mismos buscando entre los archivos de audio del ordenador hasta que damos con un nombre y la habitación se llena de música.
Entonces todo desaparece: el calor, la modorra, la incertidumbre. Todos nuestros sentidos se activan de forma casi mágica, diluyendo el espacio que nos rodea en una realidad soñada que termina pareciendo más auténtica que la materia y el tiempo que nos corresponde. Es de noche, corre una brisa suave de primavera joven, estamos en el casco antiguo, que bulle con nerviosa expectación. Las aceras hierven de vecinos y visitantes, y los nazarenos van punteando su cera por la calle del Cid, ese arroyo castizo que mana desde la Plaza, por el que viene dejándose caer hacia Parra… la Virgen de la Piedad. Es Semana Santa, es Viernes Santo y Cieza sabe a Cieza, hoy más que nunca.
Por eso me gusta tanto la música de Semana Santa. Un género limitado, sí, un género que difícilmente puede satisfacer el gusto de los melómanos irredentos –entre los cuales no me cuento- un género repetitivo, un género muy condicionado… pero qué importa. Su potencial evocador es inmenso, colosal. Suena una marcha de Semana Santa cualquier día, a cualquier hora, en cualquier sitio… y al instante es convocado el sinfín de sensaciones y sentimientos que definen las procesiones para aquellos que las aman intensamente. No es música sacra, en verdad. No es una música que habla directamente de Dios y de la Redención de los hombres… No, eso lo hacía Bach. En cambio Dorado, Cebrián, Gómez Villa, Sanmiguel y compañía nos hablan directamente de Semana Santa, de procesiones, de túnicas y capirotes (¿se puede hablar en Cieza aún de capirotes sin que se enfade nadie?), de flor, de cera, de Cristos sangrantes y de Madres doloridas, de túnicas sudadas que rezuman frío en la madrugada, de penitencia callada y solitaria con el báculo, y también de cofrades que inmolan media vida para que este año las procesiones se luzcan como nunca. Las marchas de Semana Santa nos cuentan todo eso y muchas más cosas, a cada uno las suyas, ligadas a sus experiencias, sus recuerdos, sus entrañas. Mil historias íntimas que solo podemos compartir con aquellos que sienten y vibran igual que nosotros. Esa es la belleza de este blog: aquí todos hablamos un mismo lenguaje de emoción y sentimientos. Aquí nos entendemos todos. Aquí podemos compartir algo de nuestra intimidad porque sabemos que quien nos lee va a agradecer que compartamos esa intimidad y la va a cuidar con cariño. Gracias, Pascual, por este regalo.
En realidad, por todo esto es también por lo que me gusta tanto la marcha “Virgen de la Piedad”, de José Antonio Molero Luque: por su tremendo potencial narrativo, por la concreción de su discurso. Porque, en definitiva, siempre me ha parecido un homenaje a la Semana Santa, más allá de la Imagen a la que está dedicada.
Cuando mi amigo José Ángel García (responsable de que yo esté aquí, utilizando el término “aquí” en más de un sentido) se puso en contacto con Molero, su marcha “Pasa la Soledad” había conquistado a los procesionistas ciezanos, que la consideraban –la siguen considerando- uno de los regalos con los que se podía uno encontrar en cualquier esquina cuando el tambor da la entrada y los músicos alzan sus instrumentos.
Recuerdo aquel verano de intercambio de mensajes y archivos midi entre el músico y el Secretario de la Cofradía, de los que generosamente se me iba haciendo cómplice, y también recuerdo cómo José Ángel supo prender con su ilusión el interés y la dedicación de Molero, que fue añadiendo a su seria profesionalidad las ganas de complacer a aquél ciezano que no paraba de hacerle partícipe de un sinfín de aspectos (principales, secundarios y hasta anecdóticos y humorísticos) de aquella Semana Santa lejana y de sus gentes. A la altura del mes de septiembre, cuando el compositor entrega por primera vez una instrumentación digitalizada completa, ya estaba claro que acababa de escribirse una página deslumbrante de la historia musical de la Semana Santa de Cieza. Era solo cuestión de esperar un par de meses para que la batuta de Francisco García Alcázar –músico de genio y músico genial- terminara de formular el sortilegio mágico en el día de la onomástica de La Piedad.
No soy músico, y no puedo hablar de las virtudes o características de una marcha, sólo de lo que me transmite, de lo que me sugiere. Y en este sentido, esta pieza siempre me ha emocionado por su evolución emocional, por la forma en la que se desata la voluntad inicial, claramente vinculada al encargo de la Cofradía, para terminar hablando de algo distinto, que solo puede explicarse en ese vínculo de complicidad que se estableció rápidamente entre los dos pepes, José Antonio y José Ángel. Una marcha que empieza hablando de la Procesión del Entierro y de la Virgen de la Piedad, pero que termina hablando de la Cofradía, de los Cofrades, y de nuestra pasión por la Semana Santa.
El inicio de la marcha es todo lo fúnebre que puede esperarse de una marcha de Viernes Santo: severa, con esas campanas que tocan a difunto. Se le había insistido a Molero en el tipo peculiarísimo de Imagen que es La Piedad de Capuz, y el profundo cariño que despertaba en los cofrades de la Agonía: de ahí la naturaleza del primer tema que se expone después del inicio, muy poético, lánguido, de una amargura acunada con dulzura, como el abrazo de la Madre. Una melodía que aún en su más vibrante segmento, con la plenitud instrumental que caracteriza a Molero, no deja de acompañar ese llanto a punto de reventarse en el rostro de la Virgen, el instante sublime que detuvo para siempre la gubia del inolvidable valenciano.
La marcha cambia entonces de signo, se amansa y se contiene, y poco a poco el segundo tema va tomando forma de oración, dejando atrás el componente nostálgico en pos de una creciente espiritualidad, reflexiva y reposada. Pero cuando parece que la marcha va a ir a morir deshaciéndose en la paz del silencio, la oración descrita por la melodía comienza a elevarse, subiendo el tono de voz hasta romper en una súplica vibrante, dialogada en un tono procesional muy apasionado, que parece capaz de abrir la noche en canal para llenarla de luz y de esperanza.
El remate de la marcha es imponente. Cuando parece que está todo resuelto con este tercer tema, la épica aparece en los últimos segundos con una fiereza de portentosa rotundidad, con el metal y la percusión echando abajo las puertas de la gloria ante el asombro del mundo. Un final que, por supuesto, eclipsa por completo la modestia de la imagen de la Virgen de la Piedad, pero es que Molero ya no nos habla en este final de la Virgen de la Piedad. Molero está haciendo un homenaje a todos los que hacen, a todos los que hacéis posible la Semana Santa. Cuando la marcha (habitualmente la primera que se interpreta por la banda esa noche) alcanza este punto, el trono de la Piedad ya avanza por las estrecheces de la calle del Cid, que revientan con este furor musical que va contando a los cuatro vientos que ya está, que ya es noche del Viernes Santo y la procesión está en marcha, que el final de todo esto se acerca, que una vez más lo habéis conseguido, que una vez más habéis hecho posible lo imposible. Un cántico de homenaje a ese sinfín de horas que de abril a marzo van amasando los cofrades del Cristo de la Agonía, y de todas las demás Hermandades, escamoteadas a su descanso, a su familia, a su tranquilidad y hasta a su salud para volver a echar los Santos a la calle, para volverle a contar a los ciezanos y al universo entero la Historia de la Redención de la forma más bella que se pueda concebir.
Pasarán los años y los siglos, y otros Centenarios y aniversarios de toda índole vendrán cuando todos nosotros nos hayamos ido y no quede más recuerdo de lo nuestro que la pervivencia, si Dios quiere, de este maravilloso legado que es la Semana Santa. Así debe ser, así ha sido siempre. Y entonces un niño, uno de tantos que fueron y serán, asistirá asombrado desde su acera del Cid al paso de la Procesión del Entierro. Sonará Virgen de la Piedad y escuchará sin mover un músculo esa creación musical que conservará inmaculada toda su belleza… sin saber que le están contando la historia de un lejanísimo verano en el que un músico malagueño se contagió, a cuatrocientos kilómetros de distancia, de la bendita locura de un cofrade ciezano.
Enrique Centeno
Una tarde cualquiera, quizá de esas que se aburren en el inmenso calor del verano huertano. No sabe ya uno cómo escapar de la molicie, divagando entre mil tareas pendientes y la distracción de cualquier ráfaga de pensamiento. Y de pronto nos descubrimos a nosotros mismos buscando entre los archivos de audio del ordenador hasta que damos con un nombre y la habitación se llena de música.
Entonces todo desaparece: el calor, la modorra, la incertidumbre. Todos nuestros sentidos se activan de forma casi mágica, diluyendo el espacio que nos rodea en una realidad soñada que termina pareciendo más auténtica que la materia y el tiempo que nos corresponde. Es de noche, corre una brisa suave de primavera joven, estamos en el casco antiguo, que bulle con nerviosa expectación. Las aceras hierven de vecinos y visitantes, y los nazarenos van punteando su cera por la calle del Cid, ese arroyo castizo que mana desde la Plaza, por el que viene dejándose caer hacia Parra… la Virgen de la Piedad. Es Semana Santa, es Viernes Santo y Cieza sabe a Cieza, hoy más que nunca.
Por eso me gusta tanto la música de Semana Santa. Un género limitado, sí, un género que difícilmente puede satisfacer el gusto de los melómanos irredentos –entre los cuales no me cuento- un género repetitivo, un género muy condicionado… pero qué importa. Su potencial evocador es inmenso, colosal. Suena una marcha de Semana Santa cualquier día, a cualquier hora, en cualquier sitio… y al instante es convocado el sinfín de sensaciones y sentimientos que definen las procesiones para aquellos que las aman intensamente. No es música sacra, en verdad. No es una música que habla directamente de Dios y de la Redención de los hombres… No, eso lo hacía Bach. En cambio Dorado, Cebrián, Gómez Villa, Sanmiguel y compañía nos hablan directamente de Semana Santa, de procesiones, de túnicas y capirotes (¿se puede hablar en Cieza aún de capirotes sin que se enfade nadie?), de flor, de cera, de Cristos sangrantes y de Madres doloridas, de túnicas sudadas que rezuman frío en la madrugada, de penitencia callada y solitaria con el báculo, y también de cofrades que inmolan media vida para que este año las procesiones se luzcan como nunca. Las marchas de Semana Santa nos cuentan todo eso y muchas más cosas, a cada uno las suyas, ligadas a sus experiencias, sus recuerdos, sus entrañas. Mil historias íntimas que solo podemos compartir con aquellos que sienten y vibran igual que nosotros. Esa es la belleza de este blog: aquí todos hablamos un mismo lenguaje de emoción y sentimientos. Aquí nos entendemos todos. Aquí podemos compartir algo de nuestra intimidad porque sabemos que quien nos lee va a agradecer que compartamos esa intimidad y la va a cuidar con cariño. Gracias, Pascual, por este regalo.
En realidad, por todo esto es también por lo que me gusta tanto la marcha “Virgen de la Piedad”, de José Antonio Molero Luque: por su tremendo potencial narrativo, por la concreción de su discurso. Porque, en definitiva, siempre me ha parecido un homenaje a la Semana Santa, más allá de la Imagen a la que está dedicada.
Cuando mi amigo José Ángel García (responsable de que yo esté aquí, utilizando el término “aquí” en más de un sentido) se puso en contacto con Molero, su marcha “Pasa la Soledad” había conquistado a los procesionistas ciezanos, que la consideraban –la siguen considerando- uno de los regalos con los que se podía uno encontrar en cualquier esquina cuando el tambor da la entrada y los músicos alzan sus instrumentos.
Recuerdo aquel verano de intercambio de mensajes y archivos midi entre el músico y el Secretario de la Cofradía, de los que generosamente se me iba haciendo cómplice, y también recuerdo cómo José Ángel supo prender con su ilusión el interés y la dedicación de Molero, que fue añadiendo a su seria profesionalidad las ganas de complacer a aquél ciezano que no paraba de hacerle partícipe de un sinfín de aspectos (principales, secundarios y hasta anecdóticos y humorísticos) de aquella Semana Santa lejana y de sus gentes. A la altura del mes de septiembre, cuando el compositor entrega por primera vez una instrumentación digitalizada completa, ya estaba claro que acababa de escribirse una página deslumbrante de la historia musical de la Semana Santa de Cieza. Era solo cuestión de esperar un par de meses para que la batuta de Francisco García Alcázar –músico de genio y músico genial- terminara de formular el sortilegio mágico en el día de la onomástica de La Piedad.
No soy músico, y no puedo hablar de las virtudes o características de una marcha, sólo de lo que me transmite, de lo que me sugiere. Y en este sentido, esta pieza siempre me ha emocionado por su evolución emocional, por la forma en la que se desata la voluntad inicial, claramente vinculada al encargo de la Cofradía, para terminar hablando de algo distinto, que solo puede explicarse en ese vínculo de complicidad que se estableció rápidamente entre los dos pepes, José Antonio y José Ángel. Una marcha que empieza hablando de la Procesión del Entierro y de la Virgen de la Piedad, pero que termina hablando de la Cofradía, de los Cofrades, y de nuestra pasión por la Semana Santa.
El inicio de la marcha es todo lo fúnebre que puede esperarse de una marcha de Viernes Santo: severa, con esas campanas que tocan a difunto. Se le había insistido a Molero en el tipo peculiarísimo de Imagen que es La Piedad de Capuz, y el profundo cariño que despertaba en los cofrades de la Agonía: de ahí la naturaleza del primer tema que se expone después del inicio, muy poético, lánguido, de una amargura acunada con dulzura, como el abrazo de la Madre. Una melodía que aún en su más vibrante segmento, con la plenitud instrumental que caracteriza a Molero, no deja de acompañar ese llanto a punto de reventarse en el rostro de la Virgen, el instante sublime que detuvo para siempre la gubia del inolvidable valenciano.
La marcha cambia entonces de signo, se amansa y se contiene, y poco a poco el segundo tema va tomando forma de oración, dejando atrás el componente nostálgico en pos de una creciente espiritualidad, reflexiva y reposada. Pero cuando parece que la marcha va a ir a morir deshaciéndose en la paz del silencio, la oración descrita por la melodía comienza a elevarse, subiendo el tono de voz hasta romper en una súplica vibrante, dialogada en un tono procesional muy apasionado, que parece capaz de abrir la noche en canal para llenarla de luz y de esperanza.
El remate de la marcha es imponente. Cuando parece que está todo resuelto con este tercer tema, la épica aparece en los últimos segundos con una fiereza de portentosa rotundidad, con el metal y la percusión echando abajo las puertas de la gloria ante el asombro del mundo. Un final que, por supuesto, eclipsa por completo la modestia de la imagen de la Virgen de la Piedad, pero es que Molero ya no nos habla en este final de la Virgen de la Piedad. Molero está haciendo un homenaje a todos los que hacen, a todos los que hacéis posible la Semana Santa. Cuando la marcha (habitualmente la primera que se interpreta por la banda esa noche) alcanza este punto, el trono de la Piedad ya avanza por las estrecheces de la calle del Cid, que revientan con este furor musical que va contando a los cuatro vientos que ya está, que ya es noche del Viernes Santo y la procesión está en marcha, que el final de todo esto se acerca, que una vez más lo habéis conseguido, que una vez más habéis hecho posible lo imposible. Un cántico de homenaje a ese sinfín de horas que de abril a marzo van amasando los cofrades del Cristo de la Agonía, y de todas las demás Hermandades, escamoteadas a su descanso, a su familia, a su tranquilidad y hasta a su salud para volver a echar los Santos a la calle, para volverle a contar a los ciezanos y al universo entero la Historia de la Redención de la forma más bella que se pueda concebir.
Pasarán los años y los siglos, y otros Centenarios y aniversarios de toda índole vendrán cuando todos nosotros nos hayamos ido y no quede más recuerdo de lo nuestro que la pervivencia, si Dios quiere, de este maravilloso legado que es la Semana Santa. Así debe ser, así ha sido siempre. Y entonces un niño, uno de tantos que fueron y serán, asistirá asombrado desde su acera del Cid al paso de la Procesión del Entierro. Sonará Virgen de la Piedad y escuchará sin mover un músculo esa creación musical que conservará inmaculada toda su belleza… sin saber que le están contando la historia de un lejanísimo verano en el que un músico malagueño se contagió, a cuatrocientos kilómetros de distancia, de la bendita locura de un cofrade ciezano.
Enrique Centeno
jueves, 10 de abril de 2014
El Cristo del Perdón (José Gómez Villa) - Calle del Barco, curva con Calle Cánovas del Castillo
El Cristo del Perdón (José Gómez Villa) - Calle del Barco, curva con Calle Cánovas del Castillo. Por Juan Fernández Saorín
Escuchando de fondo la marcha para la cual escribo estas sencillas líneas me adentro en las emociones y sentimientos que afloran desde lo más profundo del alma de un andero del Cristo del Perdón. Es para nosotros, sin duda, mientras suena “El Cristo del Perdón” y con Él sobre nuestros hombros, de esos momentos álgidos de nuestro desfile que nos ayudan a sobreponernos del esfuerzo que estamos realizando.
Uno de esos momentos culminantes por evidente resulta ser aquel en el que esta fantástica marcha fúnebre adquiere su condición en sentido estricto sonando en la calle del Barco como epílogo a un desfile procesional que ya es moribundo, que agoniza irremediablemente a nuestros pies, es decir, una marcha fúnebre que suena portando a un crucificado muerto en un momento en el que el trayecto también muere. Es un trozo del camino en el que exprimimos al máximo cada una de sus tristes notas, que son más tristes que nunca, más luctuosas que nunca, que en no pocas ocasiones son compartidas por la curva con Cánovas del Castillo, siempre maniobrada de forma magistral.
Comienzan a resonar sus notas en la estrechez de una calle destinada a convertirse en tránsito de dolientes, un dolor que se hace más intenso en la noche del Viernes Santo: son los últimos momentos del Cristo del Perdón en las calles de Cieza por ese año; y para sus anderos es triste y doloroso que su desfile esté llegando a su fin. La tristeza que siente el andero la convierte en una calle lúgubre posiblemente ponderada por la tenue intensidad lumínica, y tal vez por esa circunstancia se convierte, aun tratándose del último tramo de procesión, en una calle de amplia “vocación” nazarena. Sí, porque parece que fue creada para soportar ese lastre, parece que fue creada para soportar las penas y los lamentos de los anderos, que quisieran que nunca acabase, que fuese infinita, aún con esa ligera pendiente que pica hacia arriba, y en la que sus anderos buscan una recreación en su paso que suena a despedida.
¡Ay!¡Que tristeza más grande nos embarga! Con esa marcha comenzamos a enterrar a nuestro cristo y en el imaginario personal de cada uno siempre quedarán esos momentos irrepetibles, vividos siempre de forma diferente, pero fustigados por el tormento que supone el no poder evitar que se acaben, el no ser capaces de parar el tiempo para que ese dramático crucificado siga sobre nosotros, sobre nuestros hombros.
Los diferentes instrumentos lloran con desazón y congoja y dejan caer con angustia las últimas notas de “El Cristo del Perdón” sobre el frío adoquín en nuestro tránsito apesadumbrado hacia la ya cercana Casa de los Santos.
La calle del Barco ya queda atrás, otras cofradías con sus nazarenos, sus manolas, sus lloronas o sus pasos la irán ocupando, pero, es Viernes Santo y ya no volverá a pasar por la calle del Barco el Cristo del Perdón mientras suena su marcha…
Juan Fdez. Saorín
Escuchando de fondo la marcha para la cual escribo estas sencillas líneas me adentro en las emociones y sentimientos que afloran desde lo más profundo del alma de un andero del Cristo del Perdón. Es para nosotros, sin duda, mientras suena “El Cristo del Perdón” y con Él sobre nuestros hombros, de esos momentos álgidos de nuestro desfile que nos ayudan a sobreponernos del esfuerzo que estamos realizando.
Uno de esos momentos culminantes por evidente resulta ser aquel en el que esta fantástica marcha fúnebre adquiere su condición en sentido estricto sonando en la calle del Barco como epílogo a un desfile procesional que ya es moribundo, que agoniza irremediablemente a nuestros pies, es decir, una marcha fúnebre que suena portando a un crucificado muerto en un momento en el que el trayecto también muere. Es un trozo del camino en el que exprimimos al máximo cada una de sus tristes notas, que son más tristes que nunca, más luctuosas que nunca, que en no pocas ocasiones son compartidas por la curva con Cánovas del Castillo, siempre maniobrada de forma magistral.
Comienzan a resonar sus notas en la estrechez de una calle destinada a convertirse en tránsito de dolientes, un dolor que se hace más intenso en la noche del Viernes Santo: son los últimos momentos del Cristo del Perdón en las calles de Cieza por ese año; y para sus anderos es triste y doloroso que su desfile esté llegando a su fin. La tristeza que siente el andero la convierte en una calle lúgubre posiblemente ponderada por la tenue intensidad lumínica, y tal vez por esa circunstancia se convierte, aun tratándose del último tramo de procesión, en una calle de amplia “vocación” nazarena. Sí, porque parece que fue creada para soportar ese lastre, parece que fue creada para soportar las penas y los lamentos de los anderos, que quisieran que nunca acabase, que fuese infinita, aún con esa ligera pendiente que pica hacia arriba, y en la que sus anderos buscan una recreación en su paso que suena a despedida.
¡Ay!¡Que tristeza más grande nos embarga! Con esa marcha comenzamos a enterrar a nuestro cristo y en el imaginario personal de cada uno siempre quedarán esos momentos irrepetibles, vividos siempre de forma diferente, pero fustigados por el tormento que supone el no poder evitar que se acaben, el no ser capaces de parar el tiempo para que ese dramático crucificado siga sobre nosotros, sobre nuestros hombros.
Los diferentes instrumentos lloran con desazón y congoja y dejan caer con angustia las últimas notas de “El Cristo del Perdón” sobre el frío adoquín en nuestro tránsito apesadumbrado hacia la ya cercana Casa de los Santos.
La calle del Barco ya queda atrás, otras cofradías con sus nazarenos, sus manolas, sus lloronas o sus pasos la irán ocupando, pero, es Viernes Santo y ya no volverá a pasar por la calle del Barco el Cristo del Perdón mientras suena su marcha…
Juan Fdez. Saorín
miércoles, 9 de abril de 2014
Canon en Re Mayor (Johann Pachelbel) - Plaza Mayor
Una mano cálida y tierna, al son del “Canon en re Mayor de Pachelbel” en la Plaza del Ayuntamiento. Por María Bernal Moreno (María Filohis)
Como persona que cree en la magia inmortal de la música, como mujer que considera este arte, como la herramienta armoniosa para hallar el momento de inspiración de todo literato, quiero dedicarle a través de una melodía, unas bellas palabras a esa mujer, triste y solitaria, que vestida de negro camina Viernes Santo tras mi espalda. Se trata de mi querida virgen de la Soledad.
Adoro incondicionalmente a esa mujer humilde que hace catorce años me susurró al oído que no la abandonara, pues necesitaba caminar agarrada a las cálidas manos de esas mujeres que la acompañaron hasta el calvario, las lloronas. Ella había perdido a un hijo de forma cruel y su único consuelo era el llanto de todas las que desfilamos ante ella.
Allá por el año 2000, siendo menor de edad sentí la curiosidad de acompañar a la virgen de la Soledad.
El itinerario por donde desfilaban las imágenes del Santo Entierro, como rostros caracterizados por la beldad de la imaginería del maestro Carrillo o González Moreno, entre otros, era un camino amargo para recorrer, por la carga simbólica y emocionante que supone esa noche.
El frío obstaculizaba cada uno de mis pequeños pasos. En varios intentos de abandonar ese suelo de adoquines y de apartar el frío inmortal de mi cuerpo, miraba hacia atrás y esa imagen lloraba. Cada una de sus lágrimas, inmortalizada en pequeñas gotas de cristal, inspiraba muchos motivos de mi decisión por acompañarla hasta el final.
Durante el Viernes Santo más gélido de mi adolescencia, llegando a la plaza del Ayuntamiento, sentí la necesidad de decirle adiós a esa dulce y solitaria mujer. Sentía que iba a decaer por el aliento húmedo que calaba cada uno de mis huesos. Era una noche estrellada y el cielo, de color azul marino, se cubría por un manto que silenciaba una plaza donde la muchedumbre esperaba la majestuosa llegada de un rostro triste, nostálgico, melancólico, pero esperanzado. En un intento de apagar la llama de mi vela para romper con esa tradición de acompañarla, noté como una mano cálida y tierna tocaba mi hombro izquierdo. Sonaba el “Canon en re mayor de Pachelbel” y al volverme, cual mujer insegura por la tentación de poner punto y final a mi recorrido, tuve la sensación de que la Virgen me transmitía que llegara hasta el final. Despertó, en mí, la intuición de sentir la Semana Santa ciezana, a través del sacrificio que los días de pasión significan. Me convertía en ese momento en una de las personas que año, tras años representaría “el luto de María”.
Fue la melodía del Canon la que me posicionó en el Ayuntamiento para verla llegar, para comprobar que el helor amargo de mi cuerpo se había transformado en el calor provocado por la emoción que mis ojos transmitían. La oscuridad permitió que mis lágrimas saladas se convirtiesen en sentimientos dulces.
Y gracias a esa mano que, de forma imaginaria y espiritual, me había tocado la espalda, le prometí a la virgen que jamás la abandonaría, que cada Viernes Santo no caminaría sola. Le ofrecí que, si los años me daban la oportunidad de vivir, allí estaría de forma incondicional, sin pedirle nada a cambio. Ella y el violín, cuya melodía recorría los corazones de los asistentes a la plaza, consiguieron que la Semana Santa se convirtiera en el periodo del año más esperado para mí.
Cada Viernes Santo, a las doce de la noche tengo una cita con una persona muy especial, mi Santísima Virgen de la Soledad.
María Bernal Moreno (María Filohis)
Como persona que cree en la magia inmortal de la música, como mujer que considera este arte, como la herramienta armoniosa para hallar el momento de inspiración de todo literato, quiero dedicarle a través de una melodía, unas bellas palabras a esa mujer, triste y solitaria, que vestida de negro camina Viernes Santo tras mi espalda. Se trata de mi querida virgen de la Soledad.
Adoro incondicionalmente a esa mujer humilde que hace catorce años me susurró al oído que no la abandonara, pues necesitaba caminar agarrada a las cálidas manos de esas mujeres que la acompañaron hasta el calvario, las lloronas. Ella había perdido a un hijo de forma cruel y su único consuelo era el llanto de todas las que desfilamos ante ella.
Allá por el año 2000, siendo menor de edad sentí la curiosidad de acompañar a la virgen de la Soledad.
El itinerario por donde desfilaban las imágenes del Santo Entierro, como rostros caracterizados por la beldad de la imaginería del maestro Carrillo o González Moreno, entre otros, era un camino amargo para recorrer, por la carga simbólica y emocionante que supone esa noche.
El frío obstaculizaba cada uno de mis pequeños pasos. En varios intentos de abandonar ese suelo de adoquines y de apartar el frío inmortal de mi cuerpo, miraba hacia atrás y esa imagen lloraba. Cada una de sus lágrimas, inmortalizada en pequeñas gotas de cristal, inspiraba muchos motivos de mi decisión por acompañarla hasta el final.
Durante el Viernes Santo más gélido de mi adolescencia, llegando a la plaza del Ayuntamiento, sentí la necesidad de decirle adiós a esa dulce y solitaria mujer. Sentía que iba a decaer por el aliento húmedo que calaba cada uno de mis huesos. Era una noche estrellada y el cielo, de color azul marino, se cubría por un manto que silenciaba una plaza donde la muchedumbre esperaba la majestuosa llegada de un rostro triste, nostálgico, melancólico, pero esperanzado. En un intento de apagar la llama de mi vela para romper con esa tradición de acompañarla, noté como una mano cálida y tierna tocaba mi hombro izquierdo. Sonaba el “Canon en re mayor de Pachelbel” y al volverme, cual mujer insegura por la tentación de poner punto y final a mi recorrido, tuve la sensación de que la Virgen me transmitía que llegara hasta el final. Despertó, en mí, la intuición de sentir la Semana Santa ciezana, a través del sacrificio que los días de pasión significan. Me convertía en ese momento en una de las personas que año, tras años representaría “el luto de María”.
Fue la melodía del Canon la que me posicionó en el Ayuntamiento para verla llegar, para comprobar que el helor amargo de mi cuerpo se había transformado en el calor provocado por la emoción que mis ojos transmitían. La oscuridad permitió que mis lágrimas saladas se convirtiesen en sentimientos dulces.
Y gracias a esa mano que, de forma imaginaria y espiritual, me había tocado la espalda, le prometí a la virgen que jamás la abandonaría, que cada Viernes Santo no caminaría sola. Le ofrecí que, si los años me daban la oportunidad de vivir, allí estaría de forma incondicional, sin pedirle nada a cambio. Ella y el violín, cuya melodía recorría los corazones de los asistentes a la plaza, consiguieron que la Semana Santa se convirtiera en el periodo del año más esperado para mí.
Cada Viernes Santo, a las doce de la noche tengo una cita con una persona muy especial, mi Santísima Virgen de la Soledad.
María Bernal Moreno (María Filohis)
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La Caida (José Vélez) - Esquina del convento
La Caida (José Vélez) - Esquina del convento Por Margarita Campos
Fresca mañana acompañada de un sol especial como si de Viernes Santo se tratase, como hasta años anteriores, salía con mis tíos a ver la procesión ya que mi hermandad ese día no desfilaba ¡¡Ya vienen!!, ¡¡Ya vienen!!. Las túnicas moradas invadían la calle San Sebastián y al final de la calle Buitragos ya se veía "La Caída" asomar, ya las flores recién cortadas perfumaban la calle y sus anderos un año más volvían a su cita con esa mirada… Esa mirada llena de Semana Santa, de recuerdos de antaño y de ilusión renovada.
Fue justo en ese instante cuando "La Caída" doblaba la calle San Sebastián, se introducía en la esquina del convento y empezó a sonar una marcha… Tan sencilla y a la vez tan impactante la cual desconocía, entusiasmada miraba a los músicos pensando en que algún día también estaría yo ahí, y ellos serían mis compañeros, así fue, no me equivocaba.
Al año siguiente empecé a vivir la semana Santa de una forma muy especial y diferente, pues abandonaba el terciopelo verde de mi túnica sustituyéndolo por el uniforme de la Banda Municipal de Cieza, y llegó ese día que tanto me gustaba, la procesión del Penitente.
Ya estando la banda a la calle San Sebastián nuestro querido director Ginés nos avisaba “poner la Caída”, tan solo la había tocado una vez a la salida del trono pero aseguro que no sonaba igual, era diferente, como si otra marcha fuese. Doblábamos San Sebastián y la melodía de esa marcha me cautivó para siempre, tenía algo entre esas notas, una magia… Que para mí será muy difícil de olvidar, recordaba emocionada escuchándola el año anterior, justo la primera vez que la escuché y todo lo que habían cambiado las cosas de una Semana Santa a otra.
Tal vez esta marcha no sea una de las grandes, ni la mejor del compositor, tampoco es nacionalmente conocida como muchas otras pero para mí sí que es especial, tiene algo que te produce una necesidad de volverla a escuchar, porque si cierras los ojos, independientemente del momento del año en que la escuches, su melodía te sumerge hacia esa fresca mañana de Viernes Santo; para mí es inevitable emocionarme al interpretarla o escucharla ya que vienen a mi mente recuerdos imborrables de Semanas Santas nostálgicas y de antaño.
Aquí la dejo porque no hay palabras, ni versos que puedan hacerte sentir lo que hace la música.
Con cariño, Margarita Campos.
Fresca mañana acompañada de un sol especial como si de Viernes Santo se tratase, como hasta años anteriores, salía con mis tíos a ver la procesión ya que mi hermandad ese día no desfilaba ¡¡Ya vienen!!, ¡¡Ya vienen!!. Las túnicas moradas invadían la calle San Sebastián y al final de la calle Buitragos ya se veía "La Caída" asomar, ya las flores recién cortadas perfumaban la calle y sus anderos un año más volvían a su cita con esa mirada… Esa mirada llena de Semana Santa, de recuerdos de antaño y de ilusión renovada.
Fue justo en ese instante cuando "La Caída" doblaba la calle San Sebastián, se introducía en la esquina del convento y empezó a sonar una marcha… Tan sencilla y a la vez tan impactante la cual desconocía, entusiasmada miraba a los músicos pensando en que algún día también estaría yo ahí, y ellos serían mis compañeros, así fue, no me equivocaba.
Al año siguiente empecé a vivir la semana Santa de una forma muy especial y diferente, pues abandonaba el terciopelo verde de mi túnica sustituyéndolo por el uniforme de la Banda Municipal de Cieza, y llegó ese día que tanto me gustaba, la procesión del Penitente.
Ya estando la banda a la calle San Sebastián nuestro querido director Ginés nos avisaba “poner la Caída”, tan solo la había tocado una vez a la salida del trono pero aseguro que no sonaba igual, era diferente, como si otra marcha fuese. Doblábamos San Sebastián y la melodía de esa marcha me cautivó para siempre, tenía algo entre esas notas, una magia… Que para mí será muy difícil de olvidar, recordaba emocionada escuchándola el año anterior, justo la primera vez que la escuché y todo lo que habían cambiado las cosas de una Semana Santa a otra.
Tal vez esta marcha no sea una de las grandes, ni la mejor del compositor, tampoco es nacionalmente conocida como muchas otras pero para mí sí que es especial, tiene algo que te produce una necesidad de volverla a escuchar, porque si cierras los ojos, independientemente del momento del año en que la escuches, su melodía te sumerge hacia esa fresca mañana de Viernes Santo; para mí es inevitable emocionarme al interpretarla o escucharla ya que vienen a mi mente recuerdos imborrables de Semanas Santas nostálgicas y de antaño.
Aquí la dejo porque no hay palabras, ni versos que puedan hacerte sentir lo que hace la música.
Con cariño, Margarita Campos.
martes, 8 de abril de 2014
Crucifixus (José Alberto Pina) - Rincón de los Pinos
Crucifixus (José Alberto Pina) - Rincón de los pinos por Sergio Piñera
La procesión del Santo Entierro en Cieza se da en una noche en la que todo andero de la cofradía de la Oración del huerto y El Santo Sepulcro espera con entusiasmo, pues son tales las emociones que se pueden llegar a sentir que ni la persona más sabia del mundo sería capaz de explicar. Probablemente la mayoría de lectores de este blog estén pensando en la entrada del Santo Sepulcro, pero no, mi mayor recuerdo del viernes en la noche trascurrió en el Rincón De Los Pinos con la marcha de procesión Crucifixus.
Estando todos los anderos, como es habitual, en El Rincón De Los Pinos esperando coger el relevo, me adelanté unos metros acompañado de un amigo para ver pasar la procesión, pues así haríamos la espera más amena. Empezaron a pasar infinitos nazarenos de "Los Dormis", cuando de repente una luz al final de la calle iluminaba todo a su paso. Era nuestro ansiado Santo Sepulcro, un año más nos reencontrábamos con él, en El Rincón De los Pinos. Pero este año no venía solo. Venía de la mano de la marcha Crucifixus. Mis hermanos cofrades empezaban a darse ánimo como si de la guerra se tratara, pues la noche de las noches había llegado.
Todos hablaban, recordaban viejos momentos, que como este día habían vivido, pero yo solo lloraba al ver que me iba a rencontrar un año más con el entierro de Jesús. No quería escuchar a nadie, solo disfrutar del momento, cuando de pronto una mano tocó mi espalda "Ya estamos aquí otro año más hermano".
Por esto cada vez que escucho esta marcha me traslado a aquella fría noche de 2012 donde creció en mí un sentimiento inexplicable por La Cama De Cristo, Crucifixus y El Rincón De Los Pinos.
Sergio Piñera
La procesión del Santo Entierro en Cieza se da en una noche en la que todo andero de la cofradía de la Oración del huerto y El Santo Sepulcro espera con entusiasmo, pues son tales las emociones que se pueden llegar a sentir que ni la persona más sabia del mundo sería capaz de explicar. Probablemente la mayoría de lectores de este blog estén pensando en la entrada del Santo Sepulcro, pero no, mi mayor recuerdo del viernes en la noche trascurrió en el Rincón De Los Pinos con la marcha de procesión Crucifixus.
Estando todos los anderos, como es habitual, en El Rincón De Los Pinos esperando coger el relevo, me adelanté unos metros acompañado de un amigo para ver pasar la procesión, pues así haríamos la espera más amena. Empezaron a pasar infinitos nazarenos de "Los Dormis", cuando de repente una luz al final de la calle iluminaba todo a su paso. Era nuestro ansiado Santo Sepulcro, un año más nos reencontrábamos con él, en El Rincón De los Pinos. Pero este año no venía solo. Venía de la mano de la marcha Crucifixus. Mis hermanos cofrades empezaban a darse ánimo como si de la guerra se tratara, pues la noche de las noches había llegado.
Todos hablaban, recordaban viejos momentos, que como este día habían vivido, pero yo solo lloraba al ver que me iba a rencontrar un año más con el entierro de Jesús. No quería escuchar a nadie, solo disfrutar del momento, cuando de pronto una mano tocó mi espalda "Ya estamos aquí otro año más hermano".
Por esto cada vez que escucho esta marcha me traslado a aquella fría noche de 2012 donde creció en mí un sentimiento inexplicable por La Cama De Cristo, Crucifixus y El Rincón De Los Pinos.
Sergio Piñera
lunes, 7 de abril de 2014
Oremos (Ricardo Dorado) - Calle del Cid
Oremos (Ricardo Dorado) - Calle del Cid. Por Manuel Marín Rodríguez
Nuestro amigo y compañero Pascual, me pide que participe en su blog escribiendo sobre alguna anécdota o recuerdo que haya podido tener de alguna marcha de procesión, y lo haré diciendo que a pesar de que para mí Mektub es la marcha procesional por antonomasia, en este caso fue OREMOS, aquella marcha con la que por primera vez daba mis primeros pasos como músico tocando un Lunes Santo acompañando al Santísimo Cristo de la Sangre, a mi temprana edad de 11 años, cuando a los pocos metros de la salida de la procesión desde la Basílica de la Asunción, el desfile procesional se adentraba en la calle del Cid y comenzábamos a tocar esta marcha.
Momento en el que como bien me puedo acordar, sentía una gran satisfacción al verme tocando en la calle con una banda de música, y sobre todo, por haber sido en Semana Santa mi primera salida como músico, ya que de haber desfilado desde niño como nazareno, el de hacerlo como músico siempre fue el mayor deseo que me persiguió desde que comencé a tocar un instrumento. Sentimientos que en aquellos instantes conforme al transcurso de la ejecución de la marcha, me hicieron recordar a mis seres más queridos ya fallecidos, en especial a mi abuelo Francisco, “Paco”, quien a la salida del colegio a las 12, cuando todavía teníamos la jornada escolar dividida en mañana y tarde, me acompañaba hasta la antigua escuela de música de la calle empedrá para recibir las clases de mis primeros cursos de música. De aquí el hecho de que esta marcha haya quedado guardada en mi memoria tanto por recordarme la primera vez que salía como músico en Semana Santa, como a mi abuelo materno, quien de algún modo estuvo muy ligado a mi infancia y a los inicios de mis estudios de música.
Oremos es una marcha en la que simbólicamente queda reflejado el curso de la vida humana desde el nacimiento hasta la muerte, algo que he podido ver plasmado en cada una de las tres partes que conforman la estructura musical de la obra. No obstante hay que recordar que Ricardo Dorado fue uno de los compositores más representativos dentro de nuestro panorama musical cofrade, compositor de otras marchas tan conocidas como; Mater Mea, Cordero de Dios o Getsemaní, entre otras…
Manuel Marín Rodríguez
Nuestro amigo y compañero Pascual, me pide que participe en su blog escribiendo sobre alguna anécdota o recuerdo que haya podido tener de alguna marcha de procesión, y lo haré diciendo que a pesar de que para mí Mektub es la marcha procesional por antonomasia, en este caso fue OREMOS, aquella marcha con la que por primera vez daba mis primeros pasos como músico tocando un Lunes Santo acompañando al Santísimo Cristo de la Sangre, a mi temprana edad de 11 años, cuando a los pocos metros de la salida de la procesión desde la Basílica de la Asunción, el desfile procesional se adentraba en la calle del Cid y comenzábamos a tocar esta marcha.
Momento en el que como bien me puedo acordar, sentía una gran satisfacción al verme tocando en la calle con una banda de música, y sobre todo, por haber sido en Semana Santa mi primera salida como músico, ya que de haber desfilado desde niño como nazareno, el de hacerlo como músico siempre fue el mayor deseo que me persiguió desde que comencé a tocar un instrumento. Sentimientos que en aquellos instantes conforme al transcurso de la ejecución de la marcha, me hicieron recordar a mis seres más queridos ya fallecidos, en especial a mi abuelo Francisco, “Paco”, quien a la salida del colegio a las 12, cuando todavía teníamos la jornada escolar dividida en mañana y tarde, me acompañaba hasta la antigua escuela de música de la calle empedrá para recibir las clases de mis primeros cursos de música. De aquí el hecho de que esta marcha haya quedado guardada en mi memoria tanto por recordarme la primera vez que salía como músico en Semana Santa, como a mi abuelo materno, quien de algún modo estuvo muy ligado a mi infancia y a los inicios de mis estudios de música.
Oremos es una marcha en la que simbólicamente queda reflejado el curso de la vida humana desde el nacimiento hasta la muerte, algo que he podido ver plasmado en cada una de las tres partes que conforman la estructura musical de la obra. No obstante hay que recordar que Ricardo Dorado fue uno de los compositores más representativos dentro de nuestro panorama musical cofrade, compositor de otras marchas tan conocidas como; Mater Mea, Cordero de Dios o Getsemaní, entre otras…
Manuel Marín Rodríguez
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